Cuando España molaba

El gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica fue el climax narrativo de una España que molaba. Todavía molaba a pesar de que Lehman Brothers ya había reventado. A pesar de que se negaba la crisis. Pero hubo una época en que España molaba. 



La selección española de fútbol no era más que una verdadera metáfora de aquella España que molaba. Había dejado atrás la "furia española" (cuánta furia sobra en España) y jugaba al tiquitaca, la nueva expresión poética con un balón de la generación de los campos de hierba artificial de la década prodigiosa del ladrillo. La gente se lanzó a la calle con banderas españolas. Se gritaba "yo soy español" y no sonaba a rancio. No sonaba a Manolo Escobar. Sonaba a algo nuevo. Las banderas no llevaban águilas. La gente transitaba por su españolidad con cierta naturalidad no demasiado chovinista.

Era el fútbol y era todo. Rafa Nadal se convertía en otro símbolo de esa España que era simpática y despertaba envidias de los vecinos franceses. Hasta Alonso parecía que corría más entonces. Pau Gasol se convertía no en un jugador de la NBA sino en un valor fundamental para la NBA.

Llegaré a la política pero insisto en que el deporte se había convertido en un espejo mágico para cualquier español que se mirara para preguntar quien era la más guapa del reino. Esa selección estaba liderada por un señor de bigote, moderado y preocupado por cuestiones sociales. Aunque la arquitectura de esa selección fue claramente obra de Guardiola porque el tiquitaca se inventó en Barcelona. Hasta ocho jugadores del Barça llegó a haber sobre el campo. Catalunya siempre ha ido por delante para ofrendar glorias a España. Guardiola era el pensador obsesivo de una nueva manera de mirar la realidad.

Y llego a la política. El gran error de no reconocer la crisis no debería tapar otros aspectos que forman parte de la época. La apuesta por las renovables -mal diseñada o no-, la Ley de Dependencia -sin dotación presupuestaria-, la Ley de Violencia de Género, la legalización del matrimonio gay. Eran todo cuestiones postmaterialistas que no cambiaban la estructura económica de un país pero abrían un camino. De hecho muchas de esas leyes siguen en vigor. España se situaba en la vanguardia ideológica o al menos lo intentaba. Intentaba estar en vanguardia con sus errores pero lo intentaba. Intentaba ofrecer un país amable, respetuoso con la diversidad de género, de opciones sexuales y de itinerarios vitales. Intentaba construir un relato de una España diferente a la oscura dictadura y la libertad vigilada de la transición.

Un país avanza cuando avanza su derecha. La izquierda gusta de ocupar espacios de vanguardia, muchos de ellos experimentales, no transversales, todavía en formacion, endebles. Algunos de esos caminos serán transitados por el sentido común generalizado. Otros no. Por eso una sociedad avanza cuando su centro se desplaza y eso implica necesariamente un desplazamiento de la derecha hacia la modernidad. La política es una interacción. Es la interacción de todos la que debe ofrecer un producto atractivo, un espacio de convivencia que resulte atrayente para todos, especialmente para los catalanes ahora pero para todos en general. Para eso hay que construir una España que mole. Una España que aproveche el sol que tiene en lugar de taparlo. Una España que apueste por el orgullo a la diversidad lingüística ofreciendo estudiar todas las lenguas españolas en todo el territorio. Una España solidaria con todas las generaciones. Una España innovadora que no se convierta en el balneario de Europa. Una España donde quieran regresar nuestros exiliados económicos. Han bebido otras culturas y nos pueden traer lo mejor de cada una de ellas.

Estamos lejos de eso. Desde 2010 la deriva democrática de España nos ha llevado a lo low cost en todos los aspectos. Nuestro modelo económico está basado en servicios de bajo valor añadido, nos negamos a usar el sol como fuente de energia, la libertad de expresión ha sido recortada por la Ley Mordaza, el Tribunal Constitucional ha sido desnaturalizado, la separación de poderes está en cuestión o tensión, la legitimidad del gobierno está en tela de juicio porque acudía dopado a las elecciones con dinero irregular, el Gobierno está en minoria sin perspectivas de mejora, la corrupción sigue siendo un problema demasiado importante. Una bandera no puede tapar todo eso. Tenemos problemas serios no resueltos por falta de valentía politica de quienes los pueden resolver. A pesar de ser conocedores de todo eso mucha gente sigue votando al Partido Popular que ha enjaulado España en una cueva autoritaria de la que es dificil salir. Es imprescindible articular una alternativa a la ultraderecha española que se ha instalado en el poder.

La mejor manera de resolver el problema del encaje territorial en España es diseñar una España con ñ minúscula. Pasar del nacionalismo al patriotismo. Las patrias es más fácil que convivan porque no necesitan arquitectura institucional contradictoria. Hay que abandonar los tics del nacionalcatlolicismo monolingüe supremacista y pensar en clave diversa y de convivencia. La diferencia entre las democracias nórdicas y las del sur es la consideración con la alteridad. La oposición puede ser un opositor leal a considerar o puede ser alguien a quien acuchillar y machacas, desconsiderar y hundir. La democracia es un juego de colaboración desde la dialéctica. Gestionar las minorias desde el mayoritarismo. Encajar piezas en lugar de chocarlas. Quizá pensando en eso podamos conseguir una España que mole. Sin tacitas de Mr Wonderful pero con perspectiva. Una España que seduzca más allá del sol y la playa. Y en eso Catalunya es imprescindible.

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